
Acabo de encontrar una lista de personajes y personajillos cuyo nombre y personalidad formaron parte de mi infancia con un aura de fascinación.
La verdad es que, retrospectivamente, es más fácil calificarlos de “freakies” y hasta cuestionarse su existencia real. Soy incapaz de recordar donde o cuando oí sus nombres ni que, realmente, llegué a saber de ellos. Haciendo un esfuerzo querría recordar que formaban parte de un universo pintoresco que sitúo en casa de mi abuela paterna. Aunque se mezcla en la memoria con conversaciones con mi amigo Javier Ricomá, peculiar personaje ya fallecido que de niño destacaba por su extraordinaria fantasía.
Me imagino que ponerlos en lista en este siglo provocará extrañeza y, posiblemente, búsquedas en la Wikipedia donde, por cierto, salen todos.
Ahí va el primero:
El príncipe Cantacuzeno. Lo único que podía recordar es que era un personaje de la actualidad cutre de los años cincuenta famoso por sus acrobacias aéreas. Era eso que se llamaba un aviador. Esa palabra ya apenas se usa. Se dice “piloto” o así.
Constantin Cantacuzino (alias: Bâzu; n. 11 de nov. 1905–fallecido en Mayo 26, 1958) era un aviador rumano que se hizo famoso durante la Segunda Guerra Mundial luchando contra los rusos en la fuerza aérea rumana que operaba a las ordenes de la Luftwaffe.
http://en.wikipedia.org/wiki/Constantin_Cantacuzino_(aviator) Pertenecía a una familia de boyardos (¡Toma ya aristocracia!) y acabó sus días como piloto acrobático en el exilio en España, donde frecuentaba los círculos sociales del franquismo.
