Wednesday, April 29, 2026

Don José, mi primer paciente, se me murió

Don José, mi primer paciente, se me murió. O se nos murió a los que lo cuidábamos.
Los muertos se mueren solos casi siempre. A otros los matan. Pero en los hospitales, la gente "se" muere, o se mueren a sí mismos...

Hacia la mitad de la carrera de medicina, a los alumnos que éramos voluntarios para trabajar en el hospital, se nos conocía como "internos". No estábamos realmente internos, no vivíamos en el hospital. Los verdaderos internos, algo que alcancé un poco más adelante, eran asistentes de las cátedras que alcanzaban el grado por oposición, convertidos en funcionarios del todopoderoso estado de la dictadura y con un salario de 100 pesetas al mes. O bien eran licenciados que hacían las prácticas en el hospital y vivían allí en régimen de internado. En la jerga propia, nosotros veíamos a ser "internoides".
La cátedra de Medicina ofrecía la oportunidad de realizar las prácticas durante todo el curso participando en la asistencia a uno o dos pacientes. A Javier y a mí nos asignaron a Don José.

La sala de hospitalización de Medicina estaba en la primera planta del cavernoso edificio del Hospital Clínico, en uno de los pabellones que salían de la estructura central que ocupaban pasillos y dependencias. El hospital se había construido a finales del siglo XIX como una construcción en forma de "u", en medio de la cual estaba el monstruoso edificio de la Facultad de Medicina. Para entonces aún no se habían acometido las grandes reformas que le confirieron su estructura actual. De hecho, lo que estaba pensado era que el hospital y la facultad se ubicasen en la Zona Universitaria, al final de la Diagonal, en el barrio de Les Corts. Todavía recuerdo que en el callejero que usaba para localizar direcciones de la gran ciudad figuraba un espacio amplio, de varias hectáreas coloreado en verde, un poco más allá de donde está el estadio de fútbol del Barça, con un rótulo que decía "Hospital Clínico y Provincial".
El hospital nunca se trasladó allí. Mientras, algunas reformas internas se habían hecho en algunos servicios. El de Medicina I tenía fama de más moderno y habían modificado la enorme sala corrida que albergaba medio centenar de camas, por unos cubículos de seis u ocho, siguiendo el modelo inglés, pero sin cortinas que dieran una cierta intimidad a los pacientes. Cuando hablo de intimidad me refiero a que los encamados que no se levantaban, realizaban todas sus funciones fisiológicas en el lecho, a la vista de sus compañeros o de cualquiera que pasase por allí. La única intimidad preservable era la muerte: cuando alguien se moría, las monjas ponían unos biombos de armazón metálico y telas blancas alrededor de la cama.

Cuando nos hicimos cargo de Don José, ya llevaba un tiempo hospitalizado. Su diagnóstico era de cirrosis hepática en fase terminal, y de origen alcohólico. Su tratamiento era paliativo de sus molestias, lo que incluía paracentesis peritoneal cada pocos días porque la ascitis enorme que padecía, cada vez dificultaba más la respiración. Con Don José aprendí a hacer extracciones sanguíneas para análisis, realizar los análisis rutinarios de orina (todo eso era antes de las tiras, y el análisis de orina era un procedimiento bioquímico para cada ítem que tomaba en total más de media hora), a realizar las paracentesis y registrar cada día su estado y exploración en las hojas de evolución. En algún momento aparecieron a las horas de las visitas dos curas, vestidos como era común en la época con manteo y teja, que permanecían alrededor de la cama del paciente supuestamente para prestarle ayuda espiritual. Aun con mi inocencia juvenil íntegra, a mí se me antojaban como dos buitres agarrados como sobre perchas en el borde redondeado de los pies de la cama, anunciando su próximo traspaso al más allá. 
Una enfermera me susurró al oído: "Estos vienen por la herencia". Don José, soltero, no tenía familia conocida ni herederos y la intención de los clérigos resultaba bastante evidente.
Una noche cualquiera se murió y Javier y yo nos enteramos al llegar por la mañana a la sala, cuando vimos su cama vacía con el colchón doblado.
Pero ese no fue el final.
Aquel día, aseguraría que era un jueves, se celebraba en la cátedra de Medicina Interna la Sesión Anatomo-clínica. Generalmente era una actividad en la que se presentaban casos de pacientes fallecidos en los que se había practicado una autopsia o de los que, al menos, se disponía de estudios anatomopatológicos de biopsias. Asistían todos los médicos de la cátedra, los patólogos y también otros médicos de la ciudad y alumnos de los cursos superiores. Se trataba de una actividad académica de alto nivel y la presidía el catedrático con toda la solemnidad deseable. 
Pero, al conocer el fallecimiento de Don José y siendo la cirrosis alcohólica un tema de gran popularidad y conocimiento, sobre el que había varias líneas de investigación en la cátedra, el catedrático decidió que era una buena oportunidad para ver en directo la autopsia clínica macroscópica, en el convencimiento de que los hallazgos podían ser ilustrativos e interesantes.
En un académico tropel se dirigieron todos, al menos una treintena de participantes, hacia la sala de necropsias que estaba en la planta baja del edificio central de la facultad, a unos minutos del aula de sesiones. Aunque del tropel yo era, literalmente, el último mono, decidido a no perderme nada de la excursión y, al tiempo, deseoso de ver el estado del cadáver, me lancé por las escaleras traseras abajo, con la intención de llegar antes de la comitiva a la sala de necros. Y así llegué antes que nadie a la fría dependencia en la que sólo había el mozo-celador entretenido en alguna tarea. Le anuncié que iban a venir   con el catedrático todos los asistentes a la sesión y me respondió con un gesto breve indicándome en qué mesa estaba el cadáver.
El cadáver yacía en una de las mesas de autopsia, descubierto y eventrado, los órganos internos en una mesa auxiliar con restos de fluidos alrededor. Al llegar los asistentes yo me quedé al lado derecho del cadáver,  y al lado de la mesa auxiliar donde estaban los órganos extraídos. El profesor había iniciado la explicación de los hallazgos macroscópicos cuando se dirigió a mí, en catalán. Aunque era la lengua común, no era utilizable en el mundo académico del franquismo, pero mantenía un estatus coloquial en conversaciones informales. Señalando el hígado y al tiempo, un cuchillo de autopsia de considerables dimensiones pero de punta roma, dijo

- Talli. (Corte!)
- És que no tinc guants, dije en un susurro.
- Això és igual. Talli, talli, imperativamente.

Con el natural disgusto, pero sin ánimos para resistirme ante la máxima autoridad catedralicia, con las manos desnudas tomé el cuchillo y, sujetando la víscera con la otra mano, procedí a cortarla por la mitad. El profesor siguió su explicación señalando con el dedo las evidentes manchas de la cirrosis que dibujaban un punteado grisáceo en la superficie granate cortada.
Me indicó entonces que cortase más. Para entonces ya me daba lo mismo, pero cuando me disponía a cortar un filete de un par de dedos de ancho sucedió lo insólito: la mano y el antebrazo derecho de Don José se levantaron hasta llegar a la vertical en un gesto lento pero continuo. Y luego cayeron lentamente hasta la mesa en tres movimientos seguidos, como cuando abres una navaja cabritera.
Miré fijo al cadáver, cuyo hígado tenía en mis manos, miré al catedrático que miraba fijo el brazo. Me miró a la cara y, sin decir palabra, se dio la vuelta y emprendió camino hacia la salida de la sala de autopsias, seguido en tropel por todos los asistentes en un silencio no exento de una cierta precipitación.
Allí me quedé, con un filete de hígado en una mano y el cuchillo en la otra, con Don José más tieso que nunca, contemplando el revoloteo de las batas blancas de los últimos de los asistentes en salir.
Dejé cuchillo y filete de hígado en la mesa auxiliar y me dirigí al lavabo al fondo de la sala para lavarme las manos. No recuerdo haber dicho nada, ni qué me pasaba por la cabeza en aquellos momentos. Tampoco un taco o exclamación más o menos blasfema. 
Poco después me decía a mí mismo. "Esto tengo que contarlo..."
Pero no lo hice. Hasta hoy, sesenta años después.

Abril 2026

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