Los grandes cambios, saltos, en los modos de comunicación de los seres humanos han motivado también cambios amplios y profundos en las sociedades. De algunos no tenemos más que una presunción especulativa. De cuándo la modificación de la estructura de la laringe se pasó de gruñir o rugir a poder articular sonidos que fueron palabras, hace 500.000 años. O cuando los grupos de humanoides, Homo sapiens, pudieron construir un lenguaje articulado, hace 50.000. Ya hace, más o menos 5.000 que se encontró un recurso para substituir la memoria o, mejor, conservarla mediante la escritura. Hace 500 que la imprenta permitió la difusión de la escritura a todos los que supiesen leer… Los que sí sabían y tenían libros, los clérigos, se escandalizaron y anunciaron el fin de los tiempos. Y así fue: la Reforma protestante fue la consecuencia de la difusión de la Biblia: cuando la pudo leer todo el mundo y vio que lo que decía no era lo que los curas decían, sino más. Y siempre interpretable.
En la segunda página, muy al principio de “El Quijote”, Cervantes se permite mencionar lo que ya para 1605 era una creencia popular “…y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio…”. Curioso para un escritor que pretendía vivir de sus escritos.
La irrupción de la Internet, y su consecuencia más reciente, las redes sociales facilitadas por dispositivos móviles, hacen que en los últimos 50 años (sígase la secuencia numérica: 500.000, 50.000, 5.000, 500, 50, 5) salte la preocupación por el daño que pueda hacer al cerebro de los más expuestos, los niños, los menores.
La respuesta de las sociedades más evolucionadas es reactiva, proponiendo la prohibición de los teléfonos móviles a los menores de 14 años.
Ya lo vivimos hace cincuenta años con la televisión. Las pantallas de tubos de rayos catódicos se culpabilizaron de defectos visuales, atrofias retinianas y otros males. Las faldas cortas de las coristas y los guiones marcados de adulterios y manoseos sexuales responsables de la depravación de la sociedad. El peor pecado: que los adolescentes tuviesen un televisor en su dormitorio. Censura!
Menos preocupación causaban los tiros y otras violencias, cuando la suma de disparos en todas las películas del Oeste hasta 1970 superaba los efectuados por el ejército norteamericano en toda la campaña europea de la II Guerra Mundial.
Ni la lectura causa herejías o demencia, ni la tele ceguera, ni los guiones causan embarazos adolescentes ni creo que las redes sociales induzcan al suicidio o la depresión anaclítica, como no sea a individuos con alguna predisposición o patología asociada. La forma psiquiátrica de la dependencia se puede desarrollar cualquiera que sea la materia adictiva: redes sociales, juego, fármacos, sexo o violencia.
La negligencia parental necesita una excusa que alivie responsabilidades. A la vez, la inoperancia de las autoridades sociales necesita culpables que no sean ellos, aunque se abstendrán de perseguir a los multimillonarios que se han enriquecido con las grandes plataformas de la Internet, que poderoso caballero es Don Dinero.
Ya me explicaréis qué estrategias de control van a triunfar en eso de quitarles los móviles a los chavales…
Julio 2026

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